Cuando Beckham apareció con este look, cada vez que lo veía en la tele me preguntaba si el peinado le duraría, como los desodorantes, toda la jornada de intenso trabajo: ¿lo peinarán por la mañana y ya le dura hasta la noche? ¿cuántas veces se colocará bien el coquito? ¿aguanta bien esa gomina los duros entrenamientos del merengue?
En realidad, todas estas cuestiones eran lo de menos.
Cuando Beckham apareció con este look, una docena de niños de la residencia en la que viví durante mis años de universidad, tomaron la cuestionable decisión de copiarle el peinado al futbolista. ¿No tenían una madre, una novia, un amigo, alguien que les quisieran y aconsejaran arrancarse la coleta?
Hoy he leído esto sobre los perfumes de los Beckham. Pero lo que me ha llamado la atención ha sido que, en la foto, Deivid lleva las uñas pintadas.
El otro día mi señora madre quería tirar varios tarros de esmalte rojo que se encontró en un cajón. Y le dije que no se deshiciera de ellos, que vuelven a llevarse las uñas rojas. Tate, fíjate que acertada estuve: si Beckham lo lleva, se lleva.
Teniendo en cuenta que al jugador madridista se le ha copiado el peinado en tantas ocasiones y que hubo una época en la que todo hortera nacional sin gusto ni criterio acudió a la boda de algún amigo en vaqueros y americana blanca, ¿cuántos hombres llegaremos a ver con las uñas pintadas esta temporada?.
Categoría: Canicas de colores
Como en la carta de presentación que le dirigí al director (valga la redundancia) del curso superior que espero hacer este año me tiré el pegote con una cita que encontré, por casualidad, de Le Corbusier, sobre la ciudad como una unidad racional y funcional, me he visto en la obligación moral de investigar quién fue ese arquitecto franco-suizo de principios del siglo XX tan influyente en la arquitectura y el urbanismo modernos.
Un poco más informada me he ido de tiendas, en busca y captura de sus Principios del Urbanismo, pero en el intento me topado con él: El Hombre.
No he podido resistirlo: me miraba desafiante desde aquella esquina, invitándome a que me acercara, a que lo cogiera sin dudarlo. Un tranvía llamado deseo esperaba en su cajita, especial dos discos –película, cómo se hizo, apuntes de Elia Kazan, un tranvía en Holywood, deseo y censura, pruebas de cámara de los actores…-, a un precio increíblemente fantástico porque estamos en semana fantástica. Nadie en su sano juicio podría haber pasado de largo. En cuanto al arquitecto, cegada por la emoción de haber encontrado el tesoro y volver corriendo a casa con él para buscarle el sitio adecuado, ni siquiera he preguntado si disponían de los Principios de Urbanismo. Ya habrá tiempo para eso. Ahora, lo importante es lo importante: por fin tengo al primer Marlon Brando en mi estantería. Estoy tan contenta como yo misma con zapatos nuevos.
... o sobre las ventajas de ser autónoma
De no haber pegado palo al agua en todo el mes de agosto a tener que levantarse el primero de septiembre (viernes!) a las siete de la mañana hay un salto importante, un cambio brusco de costumbres, que no todos son capaces de superar.
Por eso los psicólogos recomiendan que la vuelta al trabajo se haga de forma progresiva para que no resulte traumática. Por ejemplo, es bueno que te vayas a la oficina (o similar) dos o tres días antes de terminar el periodo de vacaciones, un ratito cada día, para ir tomando contacto con tus compañeritos, enseñarles las fotos, contarles el viaje...
Sí, sí... no te rías. Hay que saber adaptarse, coño.
Yo me he pasado esta mañana por el infierno a echarle un ojo a la agenda, al fax, al contestador... He estado un par de horas organizando, y en un folio de color rosa me he apuntado las tareas de la próxima semana. Ha sido agotador y, desde luego, muy traumático. Después me he ido a mirar zapatos. Para paliar los síntomas del síndrome postvacacional.
Con el sol pegando fuerte, en medio del azul intenso y brillante, se adivinan las naves de la Invencible. Si te fijas, hasta se ve brillar la insignia del almirante Nelson. Aquella que supuso su sentencia de muerte. El faro, en tanto no anochece, sólo sirve para soñar. Una vez exprimido Lorenzo, una vez empieza a agotarse, el otro sol, el giratorio y artificial, comienza a realizar su labor de guía. Y entre lonas de jaima y acantilados, ron y hierbabuena, nos despedimos de los Caños. Hasta mañana. Que hay que cerrar el verano a lo grande.
Con arena húmeda forma pequeñas albóndigas que reboza con más arena, esta vez seca. Las dispone cuidadosamente en un tamizador de plástico azul y se acerca corriendo desde la orilla, meneando el culo. Toma, tu comida, me dice. Cómetelo toro, toro. Si no, no tienes costre, helado de cocholate… Y cuando voy a coger una, se escandaliza. Con un gesto de reprobación me manda al agua a enjuagarme antes de comer: tengo las manos llenas de arena.
De esta noche no pasa que me lo quite.
Ya empieza a resultarme sospechosamente familiar.
No hay nada como el mes de agosto para coger vacaciones e invertirlas en una remodelación de los dos cuartos de baño. Nada como quedarse en casa supervisando el transcurso de la obra y vigilando que los albañiles no destrocen las esquinas de los muebles y ofreciéndoles el café de media tarde. Nada como ir desincrustándose piedrecillas de las chanclas a lo largo del pasillo.
Gracias a Shiva que hace levante y no se está a gusto en la playa.
Tras haber pasado toda la noche de barbacoa, he descubierto que ya estoy demasiado mayor para coger el tren. Aún soporto bien las resacas, pero noto los achaques de la edad en lo mucho que agradecería por la mañana un coche que me deje en la puerta de mi casa. Mi reino por un chófer.

